Cortar el cordón

Cortar el cordón

Teóricamente, la idea de cortar el cordón se aplica a un hijo que se queda pegado a sus padres para evitar —consciente o inconscientemente— volverse autónomo, yo, Karina, mujer orquestatransformarse en un adulto completamente responsable (aunque todos los adultos no lo sean). Sin embargo, ¿qué pasa con los padres que sienten una profunda nostalgia al ver a sus hijos dejar el nido familiar? ¿Somos padres sobreprotectores? Después de todo, ¿no es nuestro papel como padres proteger a nuestros hijos a cualquier precio? ¿Hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que sean felices? ¿Evitarles las tristezas y los sufrimientos de la vida? ¿Existe un límite de edad para ello?

Un día, a los veinticuatro años, algunas semanas antes de mi casamiento, mi padre se me acercó y me abrazó muy, muy fuerte. Durante algunos instantes, no entendía lo que le sucedía, ya que mi padre, aunque me amaba muchísimo, no era una persona que demostraba sus sentimientos con besos o abrazos. Era más el tipo de padre que nos mimaba con sus riquísimas comidas caseras, las salidas al cine, al teatro, al parque de diversiones, al club o al centro comercial que tanto nos gustaban, con sus palabras de aliento y reconocimiento, con su ayuda incondicional e inestimable a la hora de los trabajos y deberes escolares. Pero en cuanto al contacto padre/hija, podía esperarme más a que me guiñara un ojo de manera amistosa, a una palmadita en la espalda o en la cabeza a modo de aprobación o, algunas veces, como mucho, a sentir su mano en mi hombro. Sin embargo, ese día, mi padre estaba muy emotivo. Después de haberme abrazado muy fuerte, puso sus manos en mis mejillas y, con lágrimas en los ojos, me dijo que yo nunca dejaría de ser su hijita. Si bien yo siempre he sido una persona muy sensible a los sentimientos de todo el mundo, sentía que mi padre estaba siendo egoísta conmigo, que no quería verme partir y dejarme volar con mis propias alas.

La gente dice con frecuencia: “¡Ya comprenderás cuando tengas tus propios hijos!” Es verdad, porque hoy que soy madre —y sobre todo con mi hijo mayor que está casi listo para levantar vuelo, e insisto en el “casi”—, comprendo mejor que nunca por qué mi padre reaccionó como lo hizo ese día. ¡Estaba muy lejos de ser egoísta! Lo único que quería era que yo siguiera siendo pequeña para protegerme como siempre lo había hecho. No obstante, me disponía a alejarme de su lado y, aunque sólo 25 km nos separaban, le resultaría muy difícil asegurar mi protección las 24 horas, o casi, puesto que tenía mi tenencia dos días por semana solamente.

Respecto de nuestra familia, nuestro primogénito fue siempre un chico muy casero. Por más que lo alentábamos a salir con sus amigos, él prefería quedarse en su hogar jugando, mirando películas, charlando con nosotros y contándonos chistes, haciéndonos reír con sus torpezas y su sentido del humor, compartiendo las comidas en familia, haciendo salidas con nosotros, etc. Para serles sincera, es verdad que, en un momento dado, su padre y yo nos preocupamos porque sólo tenía un amigo —uno de verdad, pero uno solo. Sin embargo, aunque esta situación nos preocupaba un poco y que no faltó ocasión de hablar del tema con otros padres que tenían hijos de la misma edad, estábamos felices al ver que nuestro hijo prefería quedarse en casa, con su familia. ¡Qué maravilla! ¡Nos sentíamos recompensados por todo el amor que le habíamos prodigado siempre!

 

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Más tarde, durante el secundario, hizo varios viajes de unos diez días con la escuela. Efectivamente, estos viajes eran muy importantes para él, para su socialización, madurez, autonomía, autoestima, confianza en sí mismo, entre otras cosas. No obstante, no iba solo. Viajaba en grupo, bien acompañado y supervisado por un equipo de docentes. Por lo tanto, no había de qué preocuparse, ya que en cierto modo estábamos presentes a través de los profesores. Pero el secundario pasó rápido y nuestro hijo comenzó a trabajar, a tener novias, a desarrollar nuevos círculos de amistades de estudio, de trabajo, de su equipo deportivo, además del de sus antiguos amigos de la escuela secundaria. Por consecuencia, las salidas comenzaron a multiplicarse mientras que su presencia en casa no cesaba de disminuir. ¡Me dirán seguramente que es parte de la vida, que es algo totalmente natural! Y no les diré lo contrario. Sabíamos que sucedería tarde o temprano, pero la pregunta es: “¿Estamos listos?”

Al respecto, el verano pasado, pasamos nuestras primeras vacaciones de verano sin nuestro primogénito. Les aseguro que se necesita toda una adaptación. Cuando se han pasado diecinueve veranos con alguien y que de un año para otro ya no viene más (en realidad, ni siquiera un año, porque había venido con nosotros a Chile en diciembre, o sea sólo seis meses de preparación), es un cambio bastante duro de soportar. ¡Y qué hacer con esa multitud de recuerdos que se amontonan en nuestra mente y que dificultan aún más el proceso! Pero esperen, ¡esto no es todo! Lo peor es que por primera vez en su vida, nuestro hijo se quedaba solo en nuestro hermoso hogar durante quince días! ¡Toda una responsabilidad, sobre todo para alguien que deja la puerta de la casa abierta o la hornalla de la cocina encendida! ¡Se imaginan entonces nuestro grado de inquietud al dejarlo solo e irnos a miles de kilómetros de distancia! Y bien, debo admitirlo, somos padres sobreprotectores y nos resulta muy difícil cortar el cordón. No obstante, preferimos ser padres sobreprotectores —y estoy segura de que nuestros hijos lo prefieren también— a ser padres ausentes. Por cierto, lamentablemente vemos con mucha frecuencia las consecuencias nefastas causadas por la ausencia de los padres en chicos para quienes, muchas veces, es demasiado tarde.

 

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Por otro lado, muy pronto y para el colmo de nuestra felicidad —y les aseguro que no hay ni una sola gota de ironía en mis palabras, ya que estoy sumamente feliz por él—, nuestro hijo se va a Toronto para hacer su último cuatrimestre de estudios preuniversitarios en inglés. Por supuesto, ¡es al lado!, me dirán. Sólo 800 km nos separan, no hay por qué preocuparse. ¿No pensarán que no vamos a ir a visitarlo, no? De hecho, ya hemos previsto un pequeño viaje en familia para ir a verlo y asegurarnos de que todo está bien y que no le falta nada (efectivamente, ahora sí soy irónica). Sin lugar a dudas, su novia no será la única que va a hacer una cruz en los días del calendario… Es obvio que ya no nos queda otra que comenzar a hacernos a la idea. Sobre todo que la “amenaza” de irse a vivir a un departamento ha comenzado a rondar, dado que ya me lo ha mencionado. Por suerte, no es para mañana.

 

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Evidentemente, se trata, sin duda, de una transición obligatoria que forma parte del proceso natural de la vida de cualquier persona. Pero, “¿estamos preparados a afrontarlo?” Siendo padres, sufrimos cuando dejamos a nuestro hijo en el jardín de infantes y que se va sin ni siquiera darse vuelta para saludarnos. Y sufrimos también cuando, ya adulto, se va del hogar para construir su propio futuro. Sin embargo, nuestros hijos saben que pueden contar con nosotros sea cual sea su edad o las dificultades que tengan que superar. Ya que estaremos, sin lugar a dudas, siempre presentes para ellos, siempre y cuando la vida así nos lo permita.

Acerca de Karina Satriano

Traductora, correctora y profesora de profesión, la pasión por la escritura me llevó a transformarme también en autora. Apasionada por la escritura, la comunicación así como por las nuevas tecnologías, me lanzo ahora en esta era de la blogosfera. ¡Quién sabe adónde esta nueva aventura me llevará!
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3 respuestas a Cortar el cordón

  1. Monica dijo:

    Hermoso texto! Qué difícil cortar el cordón y no creo que en algún momento uno se sienta listo, es más bien como un salto inevitable que haces con los ojos cerrados pero con la confianza en que todo lo compartido y vivido en esos primeros años den a nuestros hijos las bases sólidas para construir sus propias historias. Justamente anoche leía un libro de de Boucar Diouf “Rendez à ces arbres ce qui appartient à ces arbres” y tu historia con tu papá me hizo pensar al relato de Boucar sobre él, cuando joven deja su pueblo natal y su abuelo lo invita a dar un paseo. En un momento el viejo le da un pedacito de madera y le pide que lo parta en dos, cosa que Boucar hace fácilmente. Siguen caminando y al cabo de un rato el abuelo saca 9 pedazos de madera de acacia y una vez más le pide que los rompa en dos, pero el joven, a pesar de su esfuerzo, no lo consigue. Su abuelo le dice: “donde quiera que estés en el planeta, mi muchacho, recuerda que esto es una familia “. Así sera para tu hijo!

  2. Teresa Esponda dijo:

    Hermosa tu reflexion en verdad son los pasos naturales de la vida y hay que seguir…

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