Los duelos de la inmigración

Los duelos de la inmigración

Si bien mi marido y yo decidimos emigrar en busca de una mejor calidad de vida para nosotros y nuestros hijos, no cabe duda que la inmigración comprende una multitud de duelos, como el hecho de dejar atrás a la familia, los amigos, el trabajo, los colegas, la yo, Karina, mujer orquestavivienda, los vecinos, el país, las costumbres, el idioma, entre tantas otras cosas. Aunque para muchos inmigrantes se trata de una elección de vida, esto no quita que debamos enfrentarnos con la tristeza, la angustia de no poder estar presentes en un sinfín de acontecimientos de la vida que, en su mayoría, constituyen una fuente indiscutible de reunión y alegría. Nada menos que los nacimientos, casamientos, cumpleaños, las fiestas familiares o cualquier suceso festivo que nos permite reunirnos y charlar con nuestras familias, nuestros amigos, ver crecer a los niños, envejecer a los tíos, abuelos y a nuestros padres.

La ausencia de la familia

Cuando me fui de mi país, lo que más me preocupaba era saber que mis hijos no tendrían a sus abuelos, sus tías y tíos, sus primas y primos cerca de ellos; era saber que por más que fuéramos una familia muy unida, siempre nos faltaría, a los cuatro, un eslabón fundamental de nuestra existencia. Sabía, por ejemplo, que no iba a poder estar cerca de mi ahijada cuando me necesitara; que no estaría presente en sus cumpleaños, sus entregas de diploma ni para su primera comunión; sabía que no podría asistir a los distintos casamientos ni a los nacimientos de los hijos de mi hermana, de mi cuñada, de mis primos y primas. No obstante, lo que más me angustiaba era que alguien de la familia se enfermara o muriera, y no poder estar a su lado para reconfortarlo o simplemente para decirle “adiós” o aún para acompañar al resto de la familia en la adversidad y el dolor.

 

Un proceso de inmigración diferente

Por otro lado, era evidente que en la era de las nuevas tecnologías de comunicación, nuestro proceso de inmigración sería muy diferente del de nuestros abuelos o incluso nuestros padres cuando dejaron Europa para establecerse en la Argentina. En esa época, no existía Internet, ni siquiera las cámaras de video ni ningún otro medio para comunicarse con la familia que no fuera por carta o por teléfono. Y así mismo, este último medio de comunicación era sumamente caro, especialmente tratándose de llamadas internacionales. Si bien el avión ya existía, costaba tan caro que sólo los más pudientes podían darse el lujo de tomarlo, y aún así esto no era moneda corriente. Por lo tanto, en general, nuestros abuelos no volvieron a ver a su familia después de haber emigrado o, en el mejor de los casos, sólo los volvieron a ver unas pocas veces. Contrariamente a lo que nuestros abuelos o padres vivieron, mi marido y yo nos decíamos que nuestro proceso de inmigración sería muy diferente, puesto que aunque no pudiéramos volver a nuestro país con mucha frecuencia, principalmente por una cuestión económica, igual podíamos hablar o vernos con nuestra familia y amigos todos los días (por Skype, WhatsApp, FaceTime, etc.). Ya me ha pasado, por ejemplo, que estando a miles de kilómetros de distancia, mi papá me llamara todos los días. Al fin y al cabo, nos hablábamos más que cuando tan sólo unos veinte kilómetros nos separaban.

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Mi peor pesadilla

Después de todo, cuando nos fuimos de nuestro país, éramos totalmente conscientes de todo lo que la inmigración implicaba. Pero aunque pueda parecer egoísta, pensábamos ante todo en el bienestar de nuestra pequeña familia. De hecho, hubo una persona que siempre nos alentó y apoyó durante todo el proceso pese al amor que nos unía: mi papá. Justamente, esa persona a la que yo adoraba, a la que consideraba como un modelo, un ejemplo a seguir, esa persona a la que amaba por sobre todas las cosas, nos apoyó siempre en todos nuestros trámites de inmigración a pesar del inmenso amor que sentía por todos nosotros. Un día, después de haberle contado sobre nuestra intención de instalarnos en Canadá, me confesó que él también tuvo una vez la oportunidad de venir a este país, pero que no había tenido el valor suficiente como para dar ese gran paso. Desde entonces, sentí que, de algún modo, mi papá veía en mí la realización de ese sueño que él nunca pudo llevar a cabo. Y bien, sepan que trece meses después de nuestra partida, sucedió lo que más me temía: mi papá me anunció que tenía un cáncer incurable y que sólo le quedaba, según los médicos, entre seis meses y un año de vida. Fue una noticia desgarradora, como si un rayo me hubiera dado directo en el corazón. Estaba completamente destruida, aniquilada, abatida. Esa persona que siempre me había comprendido, me había ayudado a cumplir mis sueños, me había acompañado en los momentos difíciles (como cuando apareció con todo su equipo de cirugía en el parto de urgencia de mi primer hijo); esa persona que me había dado los mejores recuerdos de mi infancia, con quien había pasado mis mejores vacaciones de verano; esa persona que despertó en mí el interés por la lectura y que siempre me incitó a escribir; ese padre lleno de amor que me regaló mi primer cachorro, mi primera máquina de fotos, mi primera bicicleta, mi primer auto; esa persona que me enseñó a nadar, a andar en bicicleta, a conducir; ese ser querido que me transmitió el amor por el estudio y los viajes se estaba muriendo y no podía estar a su lado para reconfortarlo, abrazarlo, para decirle una última vez cuánto lo amaba.

 

Los duelos y la distancia

Últimamente, varios amigos y amigas así como también varios conocidos han vivido o viven la pérdida de un ser querido. Obviamente, toda pérdida es dolorosa, pero encuentro que el duelo es aún más difícil cuando se vive lejos de esa persona y que, muchas veces, no la podemos ni siquiera ver o acompañar hasta el fin de sus días. ¡No me malinterpreten, por favor! Por supuesto, un duelo es doloroso para cualquiera y en cualquier circunstancia. Sin embargo, cuando se está lejos, cuando miles de kilómetros nos separan de ese ser querido que se fue para siempre, resulta muy difícil manejar el dolor. Como todo en la vida, hay que elegir, aunque la opción que elijamos pueda, a menudo, destrozarnos aún más el corazón.

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Por ejemplo, en mi caso, decidí viajar con mi familia y pasar algo de tiempo con mi papá antes de su muerte. Me parecía que era mejor para nuestros hijos pasar tiempo con su abuelo y conservar esos buenos recuerdos en su memoria y su corazón, en lugar de verlo en el ataúd. Entonces, eso es justamente lo que hicimos. Festejamos con mi papá su último cumpleaños a los 69 años; pudo festejar los 11 años de su nieto (porque mi papá era del 5 de abril y su nieto es del primero); le preparé algunas de sus comidas preferidas; y pudimos hablar de muchas cosas de las que no hubiéramos hablado antes. Pero cuando lo abracé en el aeropuerto, me sentía completamente aniquilada, ya que sabía que sería la última vez que lo vería. Más tarde, cuando revelé la última foto que le había sacado en el aeropuerto justo antes de partir, me di cuenta de que me decía adiós para siempre, aunque ese momento fatídico llegara siete meses más tarde. No obstante, nunca me arrepentí de la decisión que tomé, puesto que cuando llegó su hora, todo fue tan rápido que ni siquiera hubiera tenido tiempo de verlo antes de morir (se desestabilizó un lunes y se murió el miércoles). Personalmente, preferí conservar —así como para nuestros hijos— el recuerdo de esas dos semanas que pasamos juntos al igual que todos esos hermosos momentos que vivimos a lo largo de nuestra vida.

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Sin lugar a dudas, se trata de decisiones tan difíciles como dolorosas. Y no es sólo el precio de los boletos de avión que puede, muchas veces, influenciar rotundamente nuestra decisión. Especialmente, cuando la situación económica es aún inestable y que el costo de los pasajes de avión no es un gasto para tomar a la ligera. Además, sucede que tenemos toda una vida en esta nueva tierra de acogida (el trabajo, los niños, los estudios) y que no podemos dejar todo durante una o dos semanas —o incluso más— tan fácilmente como quisiéramos. Si bien es cierto que esto no es ni una excusa ni falta de voluntad, la realidad es que tenemos que tomar una decisión teniendo en cuenta el conjunto de todas estas circunstancias.

 

En definitiva, por más que tengamos las mejores intenciones del mundo cuando emigramos en busca de una mejor calidad de vida, de un mundo mejor, de un entorno más seguro para criar a nuestros hijos, la vida continúa aquí como en el resto del mundo, así como todo lo que viene con ella, ya sea los momentos de felicidad como los de tristeza. Hay que saber que cuando uno toma una decisión, también se puede uno equivocar. Sin embargo, es importante recordar siempre que cuando uno tomó dicha decisión, habiendo puesto todas las opciones en la balanza, la opción elegida nos parecía la mejor en ese momento. De esta manera, se evitará lamentar haber tomado dicha decisión y que los remordimientos nos invadan y atormenten transformando nuestros hermosos recuerdos en una carga difícil de soportar. Personalmente, prefiero guardar en un lugar privilegiado de mi corazón todos esos hermosos recuerdos que rodean a la persona querida y que hacen que esté más presente que nunca en todas nuestras discusiones y nuestros pensamientos. Esta es mi humilde manera de rendirle homenaje y amarlo más allá de la muerte.

Y para los que desean escuchar el texto en lugar de leerlo, ahora pueden hacerlo gracias a la siguiente grabación. ¡Que lo disfruten!

Acerca de Karina Satriano

Traductora, correctora y profesora de profesión, la pasión por la escritura me llevó a transformarme también en autora. Apasionada por la escritura, la comunicación así como por las nuevas tecnologías, me lanzo ahora en esta era de la blogosfera. ¡Quién sabe adónde esta nueva aventura me llevará!
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