Mamá a los 20, 30 y 40

Mamá a los 20, 30 y 40

Admiro a todas esas familias que logran planificar el nacimiento de sus hijos de modo a que todos sean seguiditos. Obviamente, esto implica múltiples ventajas, ya que los niños tienen otros niños casi de su misma edad con quien jugar y divertirse. De esta manera, los yo, Karina, mujer orquestapadres están inmersos en los pañales, los biberones y pasan noches y noches sin dormir durante meses, incluso años, según la cantidad de hijos que deseen tener. Toda la familia pasa entonces por las distintas etapas de crecimiento de los chicos al mismo tiempo y de un tirón. Sin embargo, existen también otros tipos de familias en las que los hijos vinieron al mundo de manera más espaciada, tienen entonces más diferencia de edad entre ellos, lo que hace que muchas veces haya una gran diferencia entre el mayor y el menor. ¿Es acaso por falta de planificación? Quizás. Es muy probable que la vida no les haya dado la posibilidad de elegir o que les haya tomado la delantera eligiendo por ellos.

Desde hace ya algunos años, muchas mujeres que están pisando los cuarenta o incluso comenzando con esta nueva década me han hecho, repetidas veces, un sinnúmero de preguntas tales como: “¿Cómo es tener hijos que se llevan diez o quince años de diferencia? ¿Es difícil empezar todo de vuelta: amamantar, los biberones, los pañales, las noches sin dormir, dejar los pañales, buscar y elegir un jardín de infantes, etc.? ¿Cómo es la relación entre hermanos de edades tan distantes? ¿Tenemos suficiente energía a los 40 como para comenzar todo de nuevo? ¿Y cómo son las actividades familiares cuando hay tanta diferencia de edad entre los chicos?” Efectivamente, hoy en día, debido a mi experiencia como mamá a los 20, 30 y 40 (25, 31 y 41 más precisamente), me cruzo con frecuencia con mujeres que tienen uno, dos, tres y hasta cuatro hijos y que sueñan con tener otro. Ustedes se preguntarán: “¿Y cuál es el problema?” Para todas esas mujeres, como para mí misma cuando pasé por esa etapa, el problema se debe a distintos factores: 1) ya sea que se acercan a los 40 o que ya han iniciado esta cuarta década, ya sea que su reloj biológico comienza a marchitarse y que, desde el punto de vista médico, tener un hijo a esta edad es menos recomendado; 2) ya sea que la diferencia de edad entre el primero y el último retoño es muy grande y que les preocupa el qué dirán; 3) ya sea que se creen incapaces de recomenzar todo con un bebé, aun conscientes de la felicidad de la que se privan; 4) otras veces, y no las menos, uno de los dos cónyuges en la pareja no está totalmente convencido de querer agrandar la familia, lo que representa un enorme obstáculo, especialmente cuando se quiere preservar su pareja y, al fin de cuentas, su familia. Y sólo menciono aquí algunos de los hechos que me han sido planteados por estas mujeres que se han cruzado en mi camino. Seguramente, existen muchos otros que desconozco y que son igual de pertinentes y respetables. ¿Qué sucede entonces en la mayoría de los casos? Pues simplemente, las mujeres abandonan su sueño, ese fruto de sus entrañas que tanto desean. Llegan hasta reprimir el deseo profundo que sienten, muchas veces, y muy a pesar de ellas, tan difícil de controlar, de sosegar. Siempre digo que quien no arriesga nada gana, y la vida me lo ha confirmado en más de una ocasión, aunque no siempre he ganado. Pero al menos, lo he intentado y no tendré que lamentarme por no haberlo hecho.

Obviamente, no soy psicóloga y tampoco quiero serlo. Tampoco soy yo la que busco a esas mujeres, sino que son ellas las que se me acercan para hacerme preguntas respecto de nuestra familia tan heterogénea. Y yo las escucho, puesto que escuchar al prójimo forma parte de mi naturaleza. Pero no les doy consejos. Les hablo más bien de mi experiencia personal que puede o no parecerse a la de ellas. Esas mujeres buscan sobre todo alguien que las escuche sin juzgarlas; alguien a quien poder confiarle ese profundo deseo de volver a ser madres, lo que a muchos hombres les resulta muchas veces difícil de entender (en la mayoría de los casos, se trata de su propia pareja, o sea el padre de ese futuro hijo tan deseado); alguien que ya haya vivido lo que desearían vivir y que les dé un poco de esperanza gracias a sus vivencias. A menudo, estas mujeres deben soportar comentarios como: “¿Pero por qué querés otro hijo cuando ya tenés dos o tres? Vamos a tener que comprar todo de nuevo, y no es nada barato. Vamos a tener que cambiar de auto, porque no vamos a entrar todos en el que tenemos. No vamos a poder viajar más, porque va a ser muy caro viajar los cinco o los seis. Incluso para las salidas, vamos a tener que prever un presupuesto. Hasta la casa no es lo suficientemente grande. ¿Dónde va a dormir el bebé? Y vas a tener que dejar de trabajar durante un cierto tiempo y se va a notar en el ingreso familiar.” En realidad, la lista es mucho más extensa, pero les ahorro el resto.

En lo que a mí respecta, mi maternidad fue bastante diferente de la de la mayoría. Sin embargo, ni un solo día me he arrepentido, ya que la vida así lo quiso y aprendí a aceptarlo. De hecho, mi deseo se hizo realidad sobre todo gracias a mi perseverancia y, por qué no, a mi fe. Más allá de lo que mencioné en mi artículo La vida, nuestra elección, respecto del hecho de que somos los constructores de nuestra vida, y en lo que creo firmemente, existe en la vida de todos y de cada uno todo tipo de elementos, de factores que no podemos controlar y que determinan, en cierto modo, el rumbo de nuestra existencia, aunque no siempre sea lo que deseábamos en un principio. Sin embargo, no hay que dejarse arrastrar o vencer por estos elementos sea cual sea su fuerza. Justamente, ¡así es la vida! Personalmente, veo la vida como un videojuego (aunque no me gusten los videojuegos) donde el personaje —es decir, cada uno de nosotros— debe recorrer trayectos repletos de diferentes tipos de pruebas de menor o mayor grado de dificultad. Algunas veces, el personaje debe afrontarlos solo, otras veces de a dos, otras, en familia, otras, rodeado de personas conocidas y otras, junto a personas no tan conocidas. Según el resultado obtenido en cada una de estas etapas que logramos pasar, podemos acceder a un nuevo recorrido que no estará libre de obstáculos. Es obvio que vamos a desplegar todos nuestros esfuerzos para superar lo mejor posible cada una de las pruebas. ¡Supongo que nadie, o casi nadie, se va a quedar aplastado en su sillón, con los brazos cruzados, mirando desfilar su vida como frente a la pantalla de una tele sin reaccionar! Ya que si no hacemos nada, si no intentamos mover un dedo, nuestra vida se nos escurrirá de las manos sin que ni siquiera nos demos cuenta. Es verdad que ciertos acontecimientos son inevitables, imposibles de cambiar. Sin embargo, existen miles de otros elementos que podemos controlar completamente y que pueden hacer una gran diferencia en nuestra vida, en la vida de las personas que nos rodean y hasta pueden tener una importante repercusión en el futuro.

A modo de ejemplo, voy a intentar contarles, lo más brevemente posible, los distintos motivos que me llevaron a tener a mis hijos en tres décadas diferentes. Aunque pueda parecerles el fruto de una planificación bien calculada, les puedo asegurar que no es más que una simple coincidencia. El haber tenido a nuestro primer hijo a los veinte, nuestro segundo a los treinta y nuestro tercero a los cuarenta está muy lejos de haber sido planificado. Lo único que podemos asegurar que planificamos, mi marido y yo, es el hecho de querer tener hijos. Pero, ¿cuándo? Ni idea.

 

A los 25

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De hecho, nuestro primer hijo llegó sin aviso previo. ¡Es obvio que no estábamos preparados! Sin embargo, yo siempre había soñado con tener un hijo y sabía que lo amaría desde el primer día y que haría lo imposible para ser la mejor de todas las madres —modestia aparte. Y, francamente, ¡creo que lo he logrado! Ciertamente, ambos fuimos muy pronto padres jóvenes, inexpertos, pero llenos de amor. Aunque todavía no había terminado mis estudios universitarios, decidí igual interrumpirlos durante un año para quedarme al lado de mi primer hijo y así desarrollar el lazo que nos unía.

Por supuesto, muchos elementos intervinieron en nuestra decisión de esperar antes de decidir traer al mundo a nuestro segundo hijo. Por empezar, estábamos recién casados, lo que significa un enorme desafío. Además, como había retomado mis estudios, sólo podía trabajar a tiempo parcial. Mi marido, por su parte, era trabajador autónomo y su empresa funcionaba bien. No obstante, su ingreso variaba según la situación económica del país. En consecuencia, con una economía tan fluctuante como la de la Argentina, resulta muy difícil invertir a largo plazo. Lo que significa que uno asume todas las responsabilidades y los riesgos… (Lamentablemente, nada ha cambiado…) Además, vivíamos en un dos ambientes, o sea un departamento con una sola habitación. Obviamente, ya estábamos bastante apretados. Además, nuestro hijo dormía en el living en un sofá cama que había que abrir, hacer la cama, deshacer la cama y cerrar todos los días, dos veces por día. Resultaba difícil agregar un bebé en dicho contexto…

 

A los 31

Unos años más tarde, cuando logramos mudarnos a un tres ambientes, o sea un departamento con dos habitaciones, suficientemente grande y confortable para cuatro, la idea de emigrar —que ya estaba bien arraigada en nuestros planes desde hacía varios años— terminó de formarse. Entonces, antes de pensar en agrandar la familia, decidimos esperar hasta saber exactamente cuál sería nuestro destino final. (Puesto que nuestros planes de inmigración cambiaron completamente desde el momento en que esta idea comenzó a germinar por 1998 hasta su concreción final en el 2003.) Ésta fue entonces la razón principal por la que esperamos cinco años y medio antes de tener a nuestro segundo hijo. Para ese entonces, ya estaba a comienzos de mi tercera década, pero todavía desbordaba de energía para emprender nuevas aventuras ¡como la de la inmigración!

Es obvio que nada fue fácil a lo largo de todo este proceso, pero, como siempre digo, así es la vida. ¡Sin desafíos, sería muy aburrido! Ocuparse de un recién nacido siendo padre primerizo, recién casado, siendo por primera vez propietario y responsable de una hipoteca, siendo un principiante frente a las primeras tensiones entre y con nuestras familias respectivas (por ejemplo, con quién pasaríamos la Navidad y con quién el Año nuevo, cuál de las dos familias iba a cuidar al primer nieto, con quién íbamos a pasar cada

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domingo según la tradición italiana de nuestras familias respectivas, etc.), afrontar las nuevas responsabilidades de la vida, entre otras tantas cosas, estaba lejos de ser un asunto totalmente anodino. En fin, todo era nuevo y teníamos que adaptarnos constantemente a cada contratiempo o suceso imprevisto, a todas las novedades que se presentaban. ¡Un desafío colosal, pero no imposible! Sepan que omití voluntariamente mencionarles las muchas dificultades por las que atravesamos durante los dos partos de urgencia, los problemas médicos de nuestros hijos (nada grave, pero siempre inquietante cuando se trata de bebés), así como los diversos duelos que vivimos por la pérdida de seres queridos y que nos afligieron profundamente, si bien nada podíamos hacer para evitarlos o cambiarlos. Aunque describo todo este proceso de modo bastante positivo y optimista, puesto que son dos cualidades que me caracterizan, soy totalmente consciente que según las características intrínsecas de cada individuo al igual que según su experiencia de vida, es evidente que el poder de resolución de los conflictos no es ni único ni homogéneo. Sucede que muchas personas se sienten rápidamente desbordadas, superadas por ciertos acontecimientos, y renuncian a las primeras de cambio. Es verdad que muchas veces sentimos que nos ahogamos en un vaso de agua y sólo vemos los aspectos negativos de todo; vemos todo negro; nos cuesta ver la luz al final del túnel que nos permitirá arreglárnosla y salir adelante. Éste es justamente el mayor desafío: reconocer sus propios límites y aprender a pedir ayuda cuando la carga es muy pesada para una sola persona.

 

A los 41

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Ya en Canadá, nos llevó un tiempo, a mi marido y a mí, adaptarnos a esta nueva cultura, aprender el francés en su caso, integrarnos en el mercado laboral, establecernos definitivamente en algún lado de esta hermosa ciudad (ya que nos mudamos cinco veces en tres años, si no tengo en cuenta la mudanza internacional ni el traslado del albergue para la juventud donde pasamos nuestros primeros nueves días en esta tierra de acogida). Finalmente, cuando logramos superar o pasar a través de todo esto, resulta que una tonelada de preocupaciones tomaron el control de mi media naranja de manera tal que estuvo a punto de replegarse. Incluso, pese al pedido insistente de nuestros dos hijos respecto de su deseo de querer tener otro hermano u otra hermana. Otros tres años pasaron hasta que comencé yo misma a impacientarme puesto que cuanto más esperaba, más aumentaban los riesgos. Además, ninguno de los dos, ni mi marido ni yo, le habíamos hecho la cruz a nuestro sueño, por lo cual nuestro deseo permanecía aún latente. Por último, después de múltiples pláticas e intercambios verbales, todo estaba listo para la llegada de nuestro tercer hijo. Pero fue entonces cuando comenzó mi pesadilla. Después de cuatro abortos espontáneos en un lapso de dos años —lamentablemente no siempre tan espontáneos—, quedé totalmente destruida. Me sentía física y mentalmente destrozada. Ni yo misma me reconocía. Ya no era la misma. Hasta había perdido la fe que siempre me había guiado y mantenido en pie. Sin embargo, y pese a todo, permanecía en mí ese profundo deseo de tener otro hijo. ¡Ese deseo que había alimentado durante tantos años! Por más que tratara de reprimirlo, sofocarlo, inhibirlo con todas mis fuerzas, resurgía continuamente más fuerte que nunca. Parecía un resorte: cuanto más se lo comprime, más fuerte rebota. Desgraciadamente, no había ninguna explicación médica que justificara los repetitivos abortos espontáneos y, cada vez que veía a un médico, tenía que soportar el mismo discurso totalmente vacío de sentimientos y de comprensión: “Señora, debería dejar de intentarlo, ya tiene dos hijos”. ¿Y entonces? Es obvio que tengo dos hijos. ¡Si no lo sabré yo que soy su madre! No obstante, ni una sola vez ninguno de todos esos médicos que me vieron cada vez que perdía un embarazo me preguntó cómo me sentía. A diferencia de lo que ellos podían pensar, no se trataba de un capricho de mi parte, sino de una necesidad interna incontrolable. Posteriormente, luego de algunas consultas psicológicas que me ayudaron a salir de las profundidades en las que me había hundido y a superar las múltiples caídas, fue una simple frase que dijo una persona que me conocía apenas que me hizo tomar conciencia de lo que había, inconscientemente, olvidado en el camino. Esa persona me dijo simplemente: “Hay que creer”. Y es justamente lo que empecé a hacer de inmediato, ya que, sin darme cuenta, había dejado de creer. Unos días más tarde, después de la pérdida del cuarto embarazo, logré finalmente obtener un turno con un especialista en embarazos de riesgo que me dio una lucecita de esperanza, cuando todos los otros médicos no paraban de apagarla sin ni siquiera pensar en las consecuencias sobre mí y, obviamente, sobre mi familia. Gracias a este médico y a mi enceguecida confianza en él —pese a una falta total de pruebas científicas que explicaran los abortos espontáneos, e incluso oponiéndome completamente a la opinión de mi obstetra que estaba en contra del tratamiento por inyecciones diarias durante todo el embarazo—, nueve meses más tarde, en una dicha absoluta, di a luz a nuestro milagrito. Es verdad que el tratamiento que duró hasta el último día de embarazo antes del parto fue muy difícil (y prefiero ahorrarles los detalles). Lo importante es que creí y recé tanto como pude, y se me concedió mi deseo. Hoy en día, formamos, a simple vista, una familia totalmente heterogénea y despareja, pero estamos todos sumamente unidos, felices e impregnados de un amor mutuo incondicional.

 

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En síntesis, lo que es seguro es que la vida no siempre es fácil y que está llena de todo tipo de sorpresas más o menos agradables. No obstante, la manera que elegimos para afrontar cada una de esas sorpresas fortalecerá nuestra alma y nuestro espíritu a la vez que forjará nuestra capacidad para afrontar las diversas vicisitudes de la vida. Sea cual sea el modelo de vida o de familia que adoptemos, lo más importante será tomar las riendas de nuestro destino, participar plenamente en la construcción de nuestra vida. Es en nuestra actitud frente a la vida que encontraremos la manera de atravesarla saliendo fortalecidos de dicha experiencia, valorando y reconociendo la importancia de lo realizado. ¡No dejemos de vivir nuestra vida como más lo deseamos!

Acerca de Karina Satriano

Traductora, correctora y profesora de profesión, la pasión por la escritura me llevó a transformarme también en autora. Apasionada por la escritura, la comunicación así como por las nuevas tecnologías, me lanzo ahora en esta era de la blogosfera. ¡Quién sabe adónde esta nueva aventura me llevará!
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