Nuestros ángeles guardianes

Nuestros ángeles guardianes

Para ciertas personas, inmigrar es una elección de vida, aunque implique superar yo, Karina, mujer orquestamuchísimas pruebas como el choque cultural, la adaptación a las nuevas costumbres de vida, la integración, la decepción, el aislamiento, el fracaso, la discriminación, etc. De hecho, inmigrar significa, en cierto modo, recomenzar todo desde cero. Sin embargo, pese a todas estas dificultades, la vida nos brinda, a menudo, hermosas sorpresas.

Repito a diario lo importante que es ver el lado positivo de las cosas —como pueden ver, soy una perpetua optimista— o que no hay bien que por mal no venga. En efecto, cuando llegamos a Quebec, nada sucedió como lo habíamos previsto o esperado. No había nadie para recibirnos; en Montreal, el micro no quería dejarnos subir porque teníamos muchos bultos (ocho grandes bolsos de 32 kg cada uno, más los bolsos de viaje, más el cochecito para nuestra niña, además de nosotros, obviamente); cuando llegamos a la estación de ómnibus en la ciudad de Quebec, los taxis no querían tomarnos por el mismo motivo; no encontrábamos un alojamiento disponible para alquilar; tampoco un jardín de infantes para nuestra niña de casi dos años; no había vacante en la escuela primaria de nuestro sector para nuestro hijo de siete años; tuve que hacer una queja a la Comisión escolar de nuestro sector por mala gestión respecto de la inscripción de nuestro hijo a la escuela; otra queja al Ministerio de Inmigración, ya que había que esperar seis meses para obtener una vacante en un curso de francés para mi marido; tuvimos ratas (y no ratoncitos) en nuestro primer departamento, por lo que tuvimos que anular el contrato de alquiler después de sólo veinte días de habernos instalado; tuve que hacer un reclamo en el Órgano de administración de apartamentos y buscar un nuevo departamento aceptable en el sector de la escuela de nuestro hijo que ya había comenzado su segundo año del primario; tanto nuestro hijo como nosotros mismos fuimos víctimas de discriminación por parte de la maestra de segundo año; terminamos por quejarnos a la dirección de la escuela; y estos son sólo algunos de los múltiples inconvenientes. Digamos que después de todo esto, habría sido muy fácil decir que este país no era lo que estábamos buscando y volver a la Argentina. Pero no, habíamos invertido mucho —tiempo, dinero y sobre todo muchos sentimientos y emociones— para dar media vuelta frente a los primeros obstáculos.

En cambio, decidimos quedarnos para encontrar lo que habíamos venido a buscar: una mejor calidad de vida, una vida tranquila en la que nuestros hijos pudieran ir a la plaza o a la escuela sin miedo a que los secuestren o los maten, una seguridad social, pero también económica y política. Comprendimos también que ningún lugar en la Tierra es perfecto, incluso un país del primer mundo como el Canadá. También comprendimos que, si queríamos formar parte de esta sociedad, teníamos que abrirnos camino y pagar el derecho de piso a fin de hacernos nuestro lugar.

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Por suerte, no estábamos solos en esta odisea. Como digo siempre, dos ángeles guardianes se cruzaron en nuestro camino. Conocimos a dos personas maravillosas con un corazón de oro. Nuestros caminos se cruzaron totalmente al azar y así comenzó nuestra eterna amistad. Si no hubiéramos aterrizado en esa “zona gris” del barrio de Limoilou, no hubiéramos conocido a Roger Bolduc (Q.E.P.D.) y a su mujer Imelda Drolet. Nada hubiera sido igual sin ellos. Siempre quedará grabado en mi memoria y en mi corazón el primer contacto que hice con Roger en el subsuelo de la iglesia de Sainte-Odile. Estaba sentado detrás de una pequeña mesa y era él quien se encargaba de inscribir a las nuevas familias. Es difícil de explicar, pero cuando me senté frente a él para contarle cuál era nuestra situación y que lo miré a los ojos, sentí una paz interior, un sentimiento de seguridad. Rápidamente comprendió que nuestra situación era muy diferente de la de los inmigrantes refugiados que acostumbraba recibir, y enseguida me llevó a conocer a su esposa quien se encargaba de la ropa. ¡Imelda, querida Imelda, qué felicidad haberla conocido! Y entonces, sin pedirles nada a cambio (el corazón tiene motivos que la razón no entiende), nos acogieron y nos ayudaron de manera totalmente incondicional. Roger hizo varios viajes para ayudarnos a transportar todos nuestros bultos entre el albergue en el que estábamos y el apartamento que habíamos alquilado; nos acompañó con su remolque a buscar nuestros primeros muebles usados; nos instaló todos los mecanismos para las cortinas, ya que el sistema era muy distinto del que teníamos en nuestro país de origen. En cuanto a Imelda, nos ayudaba a conseguir la vestimenta apropiada para pasar nuestro primer invierno quebequense sin congelarnos; nos ayudaba a encontrar todo lo que necesitábamos para nuestro hogar y para los niños; me condujo a mi primera entrevista de trabajo; nos cuidó a nuestros hijos mientras que mi marido y yo hacíamos todos los trámites de inmigración.

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Ciertamente, Imelda y Roger fueron nuestros ángeles guardianes quebequenses. Nos abrieron su corazón, nos invitaron a su casa, nos presentaron a su familia. Con ellos pasamos nuestra primera Nochebuena en la ciudad de Quebec. Con ellos festejé mi primer cumpleaños en esta tierra de acogida. Con ellos aprendimos nuestras primeras lecciones de francés quebequense. Con ellos comimos nuestros primeros platos típicos de Quebec preparados por Imelda con amor. Nos iniciaron en la cultura quebequense y nos transmitieron una gran cantidad de trucos que hicieron que nuestra adaptación fuera más amena y progresiva. Gracias a ellos, tenemos excelentes recuerdos de nuestro nuevo comienzo en Quebec y, hoy en día, nos reímos cuando recordamos los primeros obstáculos a los que nos enfrentamos.

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Efectivamente, al igual que Imelda y Roger, muchas personas se cruzan en nuestro camino —o cruzamos el de ellos— a lo largo de nuestra vida. Otras veces, esos individuos estarán ahí en momentos cuando más lo necesitamos para darnos un consejo que nos iluminará, para decirnos unas palabras que nos reconfortarán, para ayudarnos de manera inesperada, para prestarnos oídos sin decir nada. Pueden permanecer en nuestras vidas o desaparecer para siempre. El aporte de estas personas será inestimable y su paso no será echado al olvido. Sin embargo, no siempre los vemos a esos ángeles guardianes, ya que como nuestra vida pasa volando, no siempre nos tomamos el tiempo para percibirlos. Están ahí, alrededor de nosotros, por todos lados donde vamos, pero no por eso los distinguimos. Generalmente, nos envían señales muy sutiles, casi imperceptibles. Lo importante es saber detenerse, escuchar nuestro corazón, dejar a estos ángeles guardianes guiarnos, llevarnos por el buen camino.

En síntesis, sea cual sea el nombre que les demos —guías, acompañadores, consejeros, mentores—, para nosotros, Imelda y Roger fueron y serán siempre nuestros ángeles guardianes quebequenses. No sólo nos dieron su tiempo. Nos transmitieron muchos conocimientos culturales, pero sobre todo, nos dieron todo su amor, su bondad y su alegría de dar al prójimo. Ambos me inspiraron con su devoción incondicional y, hoy, humildemente, intento seguir su ejemplo.

 

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¡Muchas gracias de todo corazón, Imelda!

 

Acerca de Karina Satriano

Traductora, correctora y profesora de profesión, la pasión por la escritura me llevó a transformarme también en autora. Apasionada por la escritura, la comunicación así como por las nuevas tecnologías, me lanzo ahora en esta era de la blogosfera. ¡Quién sabe adónde esta nueva aventura me llevará!
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